Benito

Cartas · Newsletter semanal

Tengo que reconocerlo: nunca le vi mucho la gracia a su música. Nunca entendí aquello de quién era Tití ni por qué quería saber si tenía muchas novias.

Y sin embargo.

Cuando amanecí el lunes y vi la que se había montado en la Super Bowl me decidí a poner su último disco mientras contestaba emails y comenzaba la mañana. Todas pasaron más o menos desapercibidas (Dios me libre de menospreciarlas; era mi primer día de trabajo después de unas vacaciones y la cabeza estaba en mil otras cosas) hasta que una se abrió paso, me agarró de la solapa e hizo que parase lo que fuera que

estaba haciendo. Volví al principio. Subí el volumen:

 

Quieren quitarme el río

y también la playa.

Quieren al barrio mío

y que abuelita se vaya.

No, no suelte’ la bandera

ni olvide’ el lelolai

que no quiero que hagan contigo

…lo que le pasó a Hawái.

 

Y ahí me desarmó.

Benito no sólo estaba cantando. Benito estaba señalando. Benito estaba avisando.

En medio del mayor escaparate televisivo del planeta, Benito trajo a su gente, se trajo sus sillas de plástico blanco y camioneta y decidió hablar de desarraigo. Decidió hablar de identidad. Un puertorriqueño hablándole al imperio desde humilde plantación de azúcar. La cultura latina ocupando centro del relato sin pedir perdón por existir.

Benito no se olvidó de nadie cuando nombró América. Por no discriminar, no lo hizo siquiera con mi país; dejó a un lado rencor rancio de otros para con nosotros y nos hizo parte de fiesta (un tipazo, si me preguntan).

Y todo eso, en los tiempos que corren, también es política. Y la hizo cantando. La hizo bailando. La hizo abrazando.

El perreo convertido en manifiesto en uno de los momentos más turbios de nuestros años.

Benito enseñándole al mundo cómo sí hacer América grande otra vez.

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