¿Sabes cuántas veces habría que doblar una hoja de papel sobre sí misma para que consiguiese llegar a la luna?
Tu intuición te dirá que miles. Tu intuición se equivoca: son 42.
Esto se debe a lo que se conoce como crecimiento exponencial. Al principio el cambio es prácticamente imperceptible. Poco a poco la curva de crecimiento va aumentando y cuando comienza a hacerlo con fuerza se vuelve rápidamente casi vertical.
Así se siente un poco la vida últimamente. Todo está cambiando. Todo evoluciona rápido. Y tú mientras tanto haces malabares por llegar al final del día con la mayoría de tareas pendientes (todas, ya se sabe, sería pedir demasiado).
Tengo amigos que, en la confianza, comparten: siento que la vida me arrastra.
Y es que a pesar de que seguimos la fórmula que nos fue dada, a pesar de que cumplimos con las expectativas sobre nuestra generación (estudios, trabajo, dieta, ejercicio…), a pesar de que vivimos en la era de mayor progreso de la historia… sentimos que la vida pesa.
Somos lo bastante mayores para recordar una vida con más silencio y lo bastante jóvenes para vivir en esta otra donde todo reclama atención al mismo tiempo: los mensajes, las notas de voz, las notificaciones, la comparación, la prisa, la sensación de que siempre podrías estar haciendo algo mejor, respondiendo antes, avanzando hacia una mejor versión de ti que nunca termina de llegar.
Todo se ha ido acelerando de una forma casi absurda.
Y a ti mientras se te acumulan los whatsapps. Y escuchar ese audio se te hace un mundo. Y la casa te pide que no te descuides porque las lavadoras se acumulan, el suelo pide Conga y la cama no va a hacerse sola.
El otro día hablábamos en el parque los amigos, mientras los niños jugaban: qué historia fue aquello del apagón. El país entero obligado a frenar durante un día porque la electricidad nos dejó tirados. Pero qué tirados. Si el confinamiento nos había obligado a estar en casa, el apagón nos invitó a salir a la calle. Total, no tenía sentido quedarse dentro o en la oficina. Si querías saber de alguien, no te quedaba más remedio que echarte ahí afuera y salir en su búsqueda.
Decía Tyler Durden: «En el mundo que imagino se cazarán alces en los bosques húmedos de los cañones que rodearán las ruinas del Rockefeller Center.»
Siempre me produjo una nostalgia infinita esa visión. Quizá no sea el mundo que quiero pero entiendo por qué alguien lo imagina.
Creo que hay algo en nosotros que de vez en cuando necesita que todo se detenga. No por catástrofe. Solo por silencio. Para recordar que existimos fuera de las pantallas, fuera de las métricas, fuera de esa carrera en la que nadie leímos bien la letra pequeña al entrar.
El apagón duró un día. Y en ese día salimos a la calle, llamamos a las puertas, nos sentamos en los portales. Nadie esperaba respuesta inmediata porque nadie podía darla. Y paradójicamente, fue un buen día.
Quizá hay algo ahí que aprender.
No que la tecnología sea el enemigo, ni que haya que volver a las cavernas. Sino que llevamos tanto tiempo adaptándonos al ritmo de las máquinas que hemos olvidado cuál era el nuestro.
Y el nuestro era más lento. Y tenía huecos. Y en esos huecos cabían cosas que ahora no caben: el aburrimiento fértil, la conversación que no va a ningún sitio, la tarde sin producir nada.
Quién sabe si en estos tiempos que vivimos, en los que parece que todo avanza menos nosotros, nuestra mayor tarea no sea conseguir más sino aprender a volver. Volver a lo que siempre estuvo ahí, esperando, mientras nosotros mirábamos la pantalla. Volver a lo que éramos cuando bastaba con estar. Volver, a rastras si hace falta, a lo que de verdad importa.