Hace ya unos días me crucé en el bus con una cita que no logro encontrar ahora en Google (ojalá en un giro inesperado de los acontecimientos fuera creación de mi propia mente) que decía: el mundo está lleno de formas de belleza, el arte está en saber apreciarlas.
Y lo reflexiono ahora en el fin de semana, cuando junio ya se ha ido y tengo la sensación de no ha pasado ni ha saludar. Pero sí lo ha hecho. Lo ha hecho precisamente con esas formas de belleza que ha ido poniendo ante mí una tras otra para después hacer mutis por el foro cuando todavía las estoy procesando.
Junio llegó de una de las maneras más bonitas que puede haber: en forma de feria. Con toda su parafernalia: sus preparativos y estrenos de ropa, el cambio de menú en casa por uno más batallero que te va a abrazar a las cinco o las seis de la mañana cuando llegues de haberlo dado todo… Su propio ritmo incluso, porque en la feria el tiempo corre diferente.
Cuando intento explicar de alguna manera (nunca con éxito) a mis amigos extranjeros qué es la feria, sólo alcanzo a decir una frase: «es la semana más feliz del año, donde todo lo que hacemos es cantar, bailar, comer y beber».
Donde te reencuentras con seres queridos en el barullo de la barra, mientras tú estás esperando una ración de delicias de pollo y ella otra jarra de rebujito y mientras esperáis, resolvéis en escasos minutos lo de no haberos puesto al día en los últimos tres años.
Donde rompes con otros esa barrera de te conozco de aquí del pueblo de toda la vida y nunca hemos hablado pero deja que te invite a algo y vamos a contarnos la vida.
O donde te vuelves esa persona que ve a alguien sudando la gota gorda después de saltar contigo alguna de Estopa y le extiendes el abanico y se convierte en tu mejor amigo. Me encanta ser esa persona.
Este año fue especial además por concederme la oportunidad de pasear una vez más por la feria con mi padre. Y es que alguien se me acercó con un papel en la mano y me dijo: quería enseñarte esto. Quédatelo.
Y allí estaba mi padre, en la fotografía del panfleto del 30 aniversario de aquella caseta, con sólo tres años más de los que tengo yo ahora, con toda la sonrisa de mi hermano, celebrando una feria especial para él y sus amigos. La primera de su caseta.
Se me saltaron las lágrimas, por supuesto. Le di las gracias, me lo guardé en el bolsillo de la chaqueta, ese que está cerquita de donde laten las cosas bonitas y se lo fui enseñando aquel día a todo el que quiso escucharme (todo gente buena que se alegró conmigo y supo apreciarlo).
Junio me ha regalado mi primer domingo de Betis. Un paseo en bus hasta la Palmera con una clara mayoría de camisetas verdiblancas. Padres con hijos, amigas, parejas… Era bonito verlos a todos celebrar esos ritos cotidianos. Da igual de qué equipo seas, lo que importa es el sentimiento de pertenencia a algo más grande que tú. Yo, sintiéndome muy externo pero bien acogido, los observaba.
Fue muy bonito el momento en que entré al campo; casi mágico. Mi impresión de ver a tanta gente junta se atropelló con el momento en que se levantaron todas al unísono a cantar el himno. Como si aquellas cincuenta y tantas mil personas hubieran estado todas compinchadas para regalarme aquel momento conforme entrase. Y yo me quedo atónito de que un ruido tan ensordecedor pudiera ser tan hermoso a la vez.
Aquel día el Betis no ganó (tampoco le ganaron) y no pasa nada. Uno se casa con esto a sabiendas del manque pierda.
En el viaje en moto de vuelta a casa (yo iba de paquete, que no soy yo de esas personas tan guays que conducen moto) me fijé en la luna, que estaba enorme y brillante y se escondía entre nubes de una manera tétrica. El tráfico y las farolas de la carretera la hacían menos espeluznante. Me pregunté si mi acompañante la habría visto. Supongo que no podía fijarse demasiado por eso de ir mirando la carretera. Son beneficios de ir de paquete.
Junio también ha traído la tristeza (porque la vida es esto): como un crujir que toca ahí donde habita el miedo y la pena más honda y durante varios días altera nuestra percepción de todo, revelando colores más intensos y todo se siente a flor de piel. Todo es más brillante; valoramos todo más intensamente.
Junio han sido muchas veladas en el barrio con los amigos. Una cerveza un martes cualquiera (ojo a eso) para contarnos cómo estamos (qué importante esa pregunta).
La otra mañana en que le enseñaba a Eric el barrio y nos sentábamos delante de dos enteras de aceite, tomate y jamón, me decía: tenéis algo que no existe. Y juro que me lo habría tatuado en aquel momento. Me emocioné (yo es que me emociono fácil; lo llevo bien). Porque me emociona que alguien de fuera valore de una manera tan bonita lo nuestro. Y que no me vengan a decir que si está exagerado, que si sí que existe de otras formas en otros países. La cuestión es que hay muchos sitios (sitios que están muy marcados con mayúsculas en el mapa) que no tienen algo así. Sitios donde la vida se escapa entre metros, atascos y reuniones (de las de Zoom, no de las de cuenta de tiza en la barra). Pero nosotros, en nuestro oasis al margen del resto del mundo, hacemos que funcione.
Junio ha sido casar a mi mejor amigo desde la guardería. Otra vez (que ya lo casé en aquel recreo del colegio a modo de juego cuando no levantábamos más de un metro del suelo) pero esta vez para la buena y definitiva. Y celebrar toda la noche brindando en una mesa larga con los amigos que más queremos. Olía a dama de noche.
Junio por último ha sido caminar por mi ciudad con miles de personas ondeando banderas de colores por la libertad de amar. Sin sentir miedo. Qué poco valor le damos a eso y qué fácil poder perderlo.
La vida es un poco junio. Te va poniendo todas estas formas de belleza sin que tú seas consciente de cómo va pasando. Cuando aún las estás procesando, ya todo ha concluido. Como un Macondo lleno de magia, belleza y cotidianidad que en su último momento arremolinará todos aquellos recuerdos, aquellas ferias, las risas, las penas… en un enorme torbellino y desaparecerá, dejando sólo silencio atrás.
Pero por un instante, tan pequeño como mota de polvo en el universo del tiempo, esa belleza existió.
Y el arte está en saber apreciarla.