Hoy como tantos sábados, me desperté sin despertador. El móvil no tiene permiso para entrar en el dormitorio, así que me doy el tiempo de irme asentando en el mundo sin más estímulos. Me levanto, abro la ventana y pienso que vaya pedazo de día para el tardeo. Me lavo la cara y me vuelvo sentar en la cama a meditar un ratito. Que no está conseguido el hábito de hacerlo todos los días pero que tampoco hace falta mientras lo haga cuando importa.
Y antes de que la mente se despierte del todo y empiece a divagar, me concentro en todo lo que tengo para estar agradecido: mi familia, mis amigos (qué típico suena y qué especial el caso de cada uno; el mío ha sido la lotería); mi pisito, que es mi templo, ese oasis que me da la paz y la seguridad cuando la mente me pide bajarme un ratito del mundo. Me acuerdo también del ejercicio aquel de “Una vez soñé…”: …que conseguiría un trabajo en Malasia en la empresa de mis sueños; que un día mejoraría ese trabajo por el de organización de eventos, el trabajo por el que tantos suspiraban en esa empresa; que conservaría ese trabajo mientras conseguía la libertad de seguir haciendo mi vida por la parte del mundo que me diera la gana; que me darían la oportunidad de transmitir mi mensaje e inspirar a quien quisiera escucharlo; que viviría el sentimiento de volver a casa de noche de fiesta o cenas en una ciudad tan bonita como Barcelona; que después de una larga y buena época de aventuras me asentaría con los que más quiero para cambiar los fines de semana en playas del sudeste asiático y mochilas por senderos en la sierra o desayunar churros en el barrio; la cervecita de los jueves (y de los viernes) con los míos como tradición imperdonable y excusa para mantener esto tan bonito que tenemos; que tendría amigos (de los de verdad) en varios puertos… Todas esas cosas que una vez soñé que serían y que hoy son.
Y con este subidón, me pongo en marcha, pongo lavadora de blanco y preparo desayuno al sol en el balcón. Y suena Julio de fondo. Y es que estoy tan a gusto que relevo el café y el plato de las tostadas por el portátil para seguir aprovechando el Lorenzo. Y Midori, que vuelve del gimnasio, me hace este robado porque me ha visto tan a gusto que ha dicho “cucha este”.
Y me decido a abrir el WhatsApp y empiezo a organizarme ese tardeo de hoy con los amigos. Y Adri me pregunta si ya me he leído la última carta del Terrés, que hoy nos hace preguntarnos cuál es nuestra zanahoria. Esa razón para seguir adelante. Y yo, que me sorprendo de entender a este hombre cada vez más conforme pasan los años, reflexiono que no sabría decir así a bote pronto cuál es mi zanahoria pero que seguramente está cerca de mañanas como estas en las que pienso: qué a gusto y qué suerte la vida esta.